Un tipo camina solo por la calle de noche, es invierno, hay viento, los arboles se agitan, las hojas de ellos vuelan cortando el viento. La calle esta desolada, no hay nadie. La gente está en sus casas, es el momento en donde la vida se pone en pausa, cuando todos terminan de comer y se quedan llenos o vacios, pensantes, inmóviles o móviles, pero siempre con el alma quieta, con la mente en pausa.
El tipo sigue caminando, solo, con dirección, siente que detrás de él, lo siguen. Empieza a pensar en una persecución, sabe que no lo está siguiendo nadie, solo él y el eco de sus pasos. Quiere llegar a su casa y ponerse a salvo de sí mismo, y del crepitar de las hojas, y de las baldosas imperfectas. El sabe muy bien que no está loco, pero sí que está solo. Esta es la idea que lo transporta a un nerviosismo repentino, fugaz y a la vez eterno, el miedo de la nada, de sentir realmente que no hay nada detrás ni adelante, que es un eco terrible el de sus pasos, que suenan como látigos en la espalda. También tiene vestigios de valentía y sabe muy bien que todos cuando caminan solos desnudan su alma, su pensamiento, su morbo de preguntas sin respuestas.
Llega a su casa, abre la puerta y antes de entrar observa la sombra de su mente que lo persigue, se asegura de que quede afuera, y mientras mira a su sombra que se esconde y se prepara, para entrar en su casa cuando el menos lo espere.
Cuando él se sienta liberado de esa sombra.
Un viento sopla fuerte, el sabe que si uno podría elegir realmente el idioma, elegiría el idioma del viento que arrastra años y años de sabiduría. Y en ese viento viene la vida, no los detalles que acostumbramos a llamar vida. Viene en su más puro regocijo, viene como el silencio de un bebe recién nacido antes de el llanto, viene; sabe que el viento sabe y sabe que es el verdadero dios. Sabe que es el que nos mira todo el tiempo y que él determina porqué el tiempo pasa. Sabe que el miedo a la muerte no es el dejar de existir, porque la muerte es mirar fijo a una pared eternamente, sin poder voltear la cabeza ni mover los ojos, ni el universo del pestañeo. Sabe que el no miro todo como debería haberlo visto por eso es que le teme a la muerte. Porque él es de esos tipos que el amanecer con esa inmensidad sin límites, el árbol con sus muchos o sus pocos años, el niño con el lenguaje del amor verdadero, una mujer desnuda, pensante, con el alma muda, no logran conmoverlo. Pero no porque nunca lo pensó, sino por miedo a intentar lograrlo realmente. Sabe que su cárcel es el reflejo que da un ladrillo.
Entra a su casa. Va directo al baño a reconocerse y estar a salvo, se mira en el espejo. El espejo, la destrucción de la ceguera en nuestras espaldas, nuestro verdadero reflejo. Se mira por un tiempo y se da cuenta que no ve nada, que atrás y adelante no hay nada. Busca sus ojos, intenta buscar el brillo de ellos, pero nada, se da cuenta que se ha convertido en la sombra, en su propia sombra. Se da cuenta que los espejos no reflejan nada, que los ojos no sirven de nada, si no se sabe ver. Realmente busca su vida. Ha perdido todo, hasta la desgracia. No hay peor cosa que no ser nada. No hay peor cosa que ser consumido por tu propia sombra. Se dio cuenta que ahora todo es opaco, sin brillo, sin carácter, sin miedo, sin desgracia, sin tiempo, sin tiempo, sin tiempo, sin tiempo, sin tiempo. Se dio cuenta que su vida es el reflejo de un ladrillo.
Que la vida es estar de espaldas a la pared mirando todo, contemplando todo, adueñándose de todo y dejando todo, libre, en paz. Que el tiempo está condenado a ser libre, y también sabe que la muerte; también sabe que la muerte es darse vuelta.
sábado, 30 de julio de 2011
Suscribirse a:
Entradas (Atom)